LA PINTURA IMPRESIONISTA Y CLAUDE DEBUSSY

El verdadero artista es aquel que se atreve a escapar de los caminos tradicionales del arte para crear un camino propio, así como el verdadero arte –al decir de Nietzsche- es aquel capaz de generar de nuevas formas. Hacia los años setenta del siglo XIX un grupo de pintores franceses evadió la tradición figurativo-objetiva al interesarse por plasmar en el lienzo la luz, generadora de la atmósfera circundante al objeto, en vez del objeto en sí. Nace así el movimiento impresionista, cuyo nombre no es más que una expresión despectiva y burlona utilizada por vez primera por el crítico Louis Leroy, derivada del título del cuadro de Monet de 1872 “Impresión, sol naciente”.
Pero en una sociedad como es la Francia de la belle epoque, en donde todavía quedan notables resabios clasicistas, el arte –para ser aceptado- debe poseer un lenguaje claro, de fácil comprensión, un tanto superficial y no muy novedoso. Es así como el movimiento impresionista fue comprendido y admirado recién varios años después (yo diría unos 30 o 40) de su surgimiento.
No muchos años después de la pintura impresionista, encontramos un fenómeno similar en la música. Así como los pintores impresionistas, algunos músicos de fines del siglo XIX comenzaron a utilizar “nuevas” formas de tonalidades –quizás menos estrictas-. Uno de ellos, Claude Debussy (1862-1918), utilizando los acordes de una forma colorista y efectista, logró producir en los oyentes un efecto vago, casi onírico y rico en imágenes, muy similar a aquel sugerido por los pintores impresionistas como Monet y Degas y por algunos poetas contemporáneos como Mallarmé y Verlaine; es por esto que la crítica lo clasificó como “músico impresionista”. Como todos ellos, Debussy fue en un principio objeto de burlas y contradicciones y su genio fue reconocido varios años después de haber iniciado su labor.
Santiago Federico Richetti
Periódico Dómine Cultural Nº 17, octubre 2006